La adición de diversos aromas al vino para mejorar su sabor y/o aspecto o para hacerlo más duradero es una práctica que existe desde hace miles de años. Muchos vinos antiguos estaban aromatizados. En textos antiguos de Mesopotamia se encuentran recetas con adición de miel, especias, mirra e incluso drogas. Las tribus germánicas ya producían hidromiel (vino de miel) antes del cambio de milenio. Los griegos añadían resina, como sigue siendo habitual en la Retsina actual, así como diversas especias como ajenjo, anís y pimienta.
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Dominik Trick
Technischer Lehrer, staatl. geprüfter Sommelier, Hotelfachschule Heidelberg